Si en lingüística la unidad mínima de comunicación es el acto de habla, en política la unidad mínima del acto electoral es la promesa. Cuando queremos comunicar algo, lo hacemos siempre con una intención determinada, porque cuando hablamos, como si de un regalo se tratase, la intención es lo que cuenta. Pero, que comunicar sea regalar, no implica que el regalo sea bueno. Al contrario, cuando emitimos un enunciado (es decir, cuando decimos algo) la intención es las veces algo así como un papel estampado, bonito sí, aunque envuelva el peor de los presentes. Así son algunos actos de habla, engañosos; ya que talmente nos sentimos al desenvolverlos, engañados. Volvamos a la política, y recordemos uno de los regalos que mejor lucían bajo el árbol durante la campaña electoral:

 

(1)    Cuando gobierne, bajará el paro

(http://www.elmundo.es/elmundo/2010/01/09/espana/1263058354.html)

 

Si vamos a la lengua, hemos de hablar de una división (idea de los filósofos del lenguaje Austin y Searle) por la que todo enunciado contiene a su vez tres actos menores. A saber, el mensaje (acto locutivo), la intención (que sería la fuerza, el acto ilocutivo) y el efecto en el oyente (acto perlocutivo). Dicho de otra forma, qué se dice, por qué y para qué. Ilustrémoslo:

 

qué acto locutivo por qué acto ilocutivo para qué acto perlocutivo
Bajaremos el desempleo Promesa Conseguir votos

 

Así pues, cuando Rajoy decía:

 

(2)    Nos vamos a oponer a cualquier subida de impuestos

(http://economia.elpais.com/economia/2012/04/27/actualidad/1335554823_812126.html)

 

nos encontramos con un enunciado en el que lo que se dice sería no subiremos los impuestos; al tiempo que aquello que se pretende es persuadir al posible votante. ¿Qué es lo que motiva, entonces, el uso concreto de ese enunciado, el porqué se dice x de x manera y no de otra? La idea de Searle es que no hay una correspondencia entre la intención con que decimos algo y la forma con que lo expresamos. De ahí que (2), en su sentido más neutro, se pueda interpretar simplemente como la transmisión verbal de un hecho, el de que nos opondremos a cualquier subida de impuestos. Pero, ¿qué piensa cualquier ciudadano cuando escucha estas palabras en boca de un líder político durante la campaña electoral? Evidentemente, en ese contexto, lo que el oyente percibe es una promesa, y no una simple información. Ahora bien, si el hablante da pie a dos posibles lecturas, la del decir algo y la del prometerlo, ¿cómo solventamos esa ambigüedad? Es decir, ¿cómo entiendo yo que esto es una promesa si en ningún momento se usa el verbo prometer?

 

(3)    Cuando gobernemos crecerá el empleo. Crearemos tres millones y medio de empleos

(http://diariodepontevedra.galiciae.com/nova/247420-rajoy-dice-saber-hace-avala-previsiones-mantendra-actual-gobierno)

 

¿Prometemos crear empleo, o sólo lo decimos? Al no haber un verbo explícito, con el que reconocer si la intención original del hablante era afirmar o prometer, estamos ante una forma lingüística explícitamente ambigua. Aún con todo, si tenemos en cuenta el contexto en el que es dicho, parece que la balanza se inclina más a interpretarlo como un compromiso.

 

(4)    Yo no voy a subir los impuestos, no

(http://www.elplural.com/2011/12/31/las-mentiras-de-rajoy-sobre-los-impuestos/)

 

Como vemos, estos actos de habla tienen un claro carácter de promesa electoral, y no el de una simple afirmación. Ello se debe a que toda promesa está orientada hacia el futuro, por lo que el uso de estas formas (crecerá, no voy a) carga lo que se dice de una intención de llevarlo a cabo. El problema está en que los políticos se sirven de enunciados en los que esta fuerza compromisiva se, –digamos– difumina; y echamos en falta la rotundidad de decir prometo que o me comprometo a. Al hablar en futuro se combinan dos matices, el decir algo y el pretender hacerlo; de suerte que, si las cosas no salen como se esperaba, siempre podrá uno aferrarse a lo que se dijo, y no a lo que se prometió:

 

 

 

Se produce entonces un conflicto de intereses, ya que, frente la lectura convencional del electorado, el político siempre podrá dar a entender que su enunciado, en el momento en que lo dijo, no era una promesa. En cualquier caso, sabemos como votantes que el incumplimiento de una promesa electoral es algo reprochable; pero para quien la incumple siempre es más fácil justificarse si lingüísticamente no se comprometió en el pasado:

 

(5)    Dije que bajaría impuestos, y los estoy subiendo. No he cambiado de criterio ni he renunciado a bajarlos en cuanto sea posible, pero las circunstancias obligan

(http://www.rtve.es/alacarta/videos/noticias-24-horas/rajoy-dije-bajaria-impuestos-estoy-subiendo/1460565/)

 

O sea, que, aunque se ha incumplido el programa electoral, siempre es más suave decir dije que bajaría los impuestos, y no lo he hecho que no prometí que bajaría los impuestos, y no lo he hecho. Con la primera opción se está recalcando que un ejemplo como (5) fue una afirmación, mientras que la segunda evidenciaría lo comprometedor de (5) cuando se enunció, que es tal y como el oyente (votante en potencia) lo entendió. Retóricamente, se reformula lo dicho como la elección de una doble posibilidad que ya estaba abierta:

 

 

 

 

Ocurre lo mismo en un ejemplo como:

 

(6)    Ya dijimos que iba a ser un año muy duro para el empleo

(http://www.euribor.com.es/2012/11/05/montoro-subraya-que-el-mes-de-octubre-tradicionalmente-es-malo-para-empleo/)

 

Si lo comparamos con (3), cuando gobernemos, crecerá el empleo, advertimos la transformación de una promesa (o así lo creíamos), en una afirmación de lo contrario (año duro para el empleo):

 

 

 

De nuevo, llama la atención cómo lo que parecían compromisos, enunciados en futuro, devienen cosas dichas, en pasado. O lo que es lo mismo, si antes dije más empleo, ahora afirmo que ya dijimos menos empleo. Donde dije digo, prometía; donde dije prometo, digo Diego. Veamos otro caso:

 

(7)    No voy a hacer el copago.

(http://escolar.net/MT/archives/2012/04/rajoy-noviembre-de-2011-no-voy-a-hacer-el-copago.html)

(8)    nosotros dijimos que –esta opción [el copago]– no la íbamos a utilizar salvo ‘imperativos legales’

(http://www.heraldo.es/noticias/aragon/2012/03/15/aragon_deja_centimo_sanitario_quot_recamara_quot_180264_300.html)

 

Una vez más, el esquema se repite:

 

 

 

 

Asistimos a una estrategia discursiva tan recurrente como provechosa, puesto que no sólo se justifican declaraciones que eran intencionadamente ambiguas, sino que incluso se llega a reelaborar auténticas promesas. Un acto de habla como (9), compromisivo como la copa de un pino:

 

(9)     Yo garantizo que con otras políticas saldremos adelante.

(http://www.lavozlibre.com/noticias/ampliar/304564/rajoy-yo-garantizo-que-con-otras-politicas-saldremos-adelante)

 

dista mucho de:

 

(10)  Ya dijimos que las cosas irían mal.

(http://www.diariovasco.com/20120929/mas-actualidad/politica/rajoy-dijimos-cosas-irian-201209291623.html)

 

Estos dos enunciados no comparten ni el momento ni el discurso en que fueron dichos, pero ambos tienen en común que han salido de la boca de la misma persona. Si atendemos a un ejemplo como (9), suponemos que un verbo como garantizar posee un valor casi sinonímico al de prometer, por lo que estaríamos presenciando lo que es casi una excepción (visto lo visto) en el discurso político: un enunciado sin ambigüedad. Lo interesante es que hasta una declaración como (9), que, por el verbo del que se sirve (garantizar = prometer), debería tratarse necesariamente de una promesa, responde, sin embargo, a la misma reformulación que en los demás casos:

 

 

 

 

Reformulación que, en principio, ni siquiera debería ser factible.

En conclusión, parece que, con el uso de ciertas formas (como, en nuestro análisis, el futuro o el verbo decir), la retórica de los políticos intenta adelantarse a los posibles daños que posteriormente pueda sufrir su credibilidad; porque dar a entender que algo no fue una promesa exime de responsabilidad a quien la ha incumplido. Tengamos esto presente ya que, de lo contrario, acabaremos relacionando toda una morfología propia del compromiso con la de la indeterminación; lo cual podría traducirse en que el ciudadano, intuitivamente, ya no pueda depositar ninguna confianza en una clase política que, en apariencia sólo, se compromete verbalmente –y nada más–.

 

 

Adrià Pardo Llibrer



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